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Raíces.

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Soy amigo de la justicia que propicia la oración de un origen aborigen que el lenguaje construyó. Cuando el río no fluyó  lo llenamos con palabras Y pronto se desbordó  porque en ello habita el alma. Y calma,  para pensar en cada acción. Mis rezos son progresos  que profeso sin temor. Creyendo con pasión,  así protejo todo. Cuidando del bosquejo que ahora tomo por tesoro. Canciones canto y lloro porque eso es el vivir. Busco seguir sintiendo a que nunca más sentir Los roles asumí  y ahora soy el responsable Y el don de la palabra me dirá que soy culpable De qué?  De lo que digo y lo que asumo De como trato al cuerpo pa´ sanarlo con ayunos Resulta inoportuno que esa sea mi solución Pero noto progresos,  ya estoy cerca de ser YO.

Valía.

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Vuelve a atacar la amnesia Que desprecia mi cabeza Restando las certezas  Que crecen en mi memoria. Vuelve a llamarme “escoria” Que tus ojos me enajenan, Se ha vuelto esa condena Mi pena más transitoria. No resto, sumo fobias. Por placer me he vuelto escoria. Soy el diamante en bruto  Que con humo es otra historia. Porto un traje de luto Porque en vida me ejecuto Tiran flores de loto Dentro el ataúd que habito. Son ritos de anarquía Proscritos de mil valías Y aunque de mi partían En mi ser no estaba escrito Caer en lo infinito  Pa' llenar mi alma baldía Que a nada le temía  Por eso pasé a ser mito.

Apatriado en su bici.

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Era poco menos del mediodía y hacía un sol tan terrible que me vi obligado a usar mis inseparables gafas baratas al estilo de John Lennon. Me había bajado del metro en la estación Poblado con la intención de poder escribir algo provocado por las calles, por la gente me fuese encontrando y narrarlo todo a lujo de detalle.  Iba por la Calle 10, bordeando un poco el parque del Poblado, viendo sus establecimientos, bares, cafeterías y panaderías. Me causó sorpresa cuando al tomar la última curva para continuar mi caminata, tropecé con un incontable número de panfletos, fotografías, afiches y carteles escritos en varios idiomas, desde el español e  inglés hasta el francés y el ruso. Levanto la vista y observo una bicicleta, normalita, no era una bicicleta profesional ni mucho menos; atada a ella habían 5 maletas típicas de mochilero, 2 a cada costado de la llanta delantera y las 3 restantes en un pequeño espacio improvisado ubicado atrás del sillín de la bici. También en el manubri...

Desenfreno en la Estación.

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Miro desde las escaleras de la Estación Cisneros la autopista que conduce al sur de la ciudad. Es hora pico. La fluctuación, el pitido y el tránsito de vehículos está en pleno auge. Enfrente veo la Iglesia del sagrado corazón de Jesús y el Pueblito Paisa, mis últimas observaciones antes de ingresar a la Estación. Esta, se llena cada vez más y más de personas y tengo la premonición de que este puede ser el sitio predilecto para mi siguiente jugada. Doy 5 pasos breves, lentos, hasta la línea amarilla que indica no pasar. Giro 180° para ver la expresión de todos los que me rodean, impolutos, desatentos, sumidos en un desconocimiento fatídico. Llevo una Magnúm. 44 que vi en la afamada película Taxi Driver, un bolso con un libro de tapa dura y un cortaviento de doble fax, que me ayuda a guardar cuatro paquetes de municiones y, aunque haya 2 agentes de policía vigilando desde la estafeta de Reglamentos que hay en la Estación, cargo el arma sin pudor, a la vista de todos los presentes distraí...

La atroz carnicería.

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  1. Razón extraviada . De noche, una prostituta toxicómana camina por las calles ofreciendo sus servicios. Saca su artesanal pipa de bazuco de una pequeña cartera que compró cerca de la estación Prado. Se da un pipazo y camina, en medio de su hipnosis paranoica, a comprar un cigarrillo dentro de un establecimiento nocturno. Son cerca de las 2 de la mañana. Se encuentra cerca de la Universidad de Antioquia y la Avenida Regional, más precisamente por una zona de bares llamada La Curva. Se desplaza despreocupada hasta que la luz de un auto, un Mazda, le da de lleno y pita. El sujeto baja la ventanilla y le pregunta de sopetón: -¿A cuánto el rato, amor? Lo miras. El tipo se ve arreglado, guapo, y en el tono de su voz no percibes exigencias, inclusive sientes como te enciende con una especie de picardía. Sí, son los ojos del tipo. Le respondes: -15 minutos 20 mil, y media hora 60, amor. El tipo no responde y te abre la puerta del copiloto. Con su mirada, con esos mismos ojos,...

Madrugadas.

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Son las 4 de la mañana y escucho una gotera en el baño. No puedo dormir, me siento aplacado por la tristeza y el sonido de las gotas se acentúa con cada caída dentro del cuenco. Sin remedio, empiezo a crearme cuestiones sobre mí y sobre la compañía que quiero. Me perturbo, me anido en sentires demasiado semejantes a la agonía, y el morbo que antes podía sentir al querer padecer cosas nuevas, ahora mismo se ve eclipsado, y solo puedo compararlo con un profundo desinterés. Quisiera que se haga de día rápidamente, para que la luz pueda llenarme y llegar a esos resquicios de mi alma, donde solo tengo guardados pensamientos dignos de un maniático depresivo; ese que solo escribiendo consigue un sosiego y al que toda medicación psiquiátrica le resulta inútil. No puedo negarlo, las palabras me sostienen  en un plano donde solo comparten existencia las más aptas de su ciencia, para causarme el daño necesario, digno de un hito vital. Causa tanta extrañeza saber que esto, moldeado en párrafos...

Abatido.

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  No me gusta reconocer que no me siento bien. Tengo mis días, mis horas. A veces solo hace falta lo más mínimo y termino hundido, llorando, descargando municiones de traumas y nostalgias en mi cabeza. No entiendo por qué hay cosas que me siguen rompiendo por dentro y no se suturan; recuerdos que no me dejan avanzar, que me hacen sentir tan frágil y logran que nada sea capaz de evadirme. Cada vez se me hace más frecuente la idea de que es absurdo cuidar mis emociones, porque siempre voy a sentirme mal; que debo empezar a encontrar dulzura en mis lágrimas, porque el llanto es lo único que me acompaña cuando me siento verdaderamente solo, y, que en realidad, no existen los refugios si no los límites, y empiezo a darme cuenta que estoy próximo al mío.