Madrugadas.
Son las 4 de la mañana y escucho una gotera en el baño. No puedo dormir, me siento aplacado por la tristeza y el sonido de las gotas se acentúa con cada caída dentro del cuenco.
Sin remedio, empiezo a crearme cuestiones sobre mí y sobre la compañía que quiero. Me perturbo, me anido en sentires demasiado semejantes a la agonía, y el morbo que antes podía sentir al querer padecer cosas nuevas, ahora mismo se ve eclipsado, y solo puedo compararlo con un profundo desinterés.
Quisiera que se haga de día rápidamente, para que la luz pueda llenarme y llegar a esos resquicios de mi alma, donde solo tengo guardados pensamientos dignos de un maniático depresivo; ese que solo escribiendo consigue un sosiego y al que toda medicación psiquiátrica le resulta inútil.
No puedo negarlo, las palabras me sostienen en un plano donde solo comparten existencia las más aptas de su ciencia, para causarme el daño necesario, digno de un hito vital. Causa tanta extrañeza saber que esto, moldeado en párrafos, puede sedar mi angustia por horas, días, y hasta por semanas enteras; este es el único arsenal que poseo para combatir mis conflictos y mis traumas.
Sin darme cuenta caen las 5. Suena una alarma y se enciende la luz de la sala. Debo obligarme a dormir. Sería muy lamentable que alguien me viera a esta hora tan afligido, trastornado y sumido en unos párrafos que, seguramente solo yo y unos pocos bien contados, terminarán leyendo.
Cierro mis ojos e intento perderme en algunas ensoñaciones menos deprimentes.
