Desenfreno en la Estación.
Miro desde las escaleras de la Estación Cisneros la autopista que conduce al sur de la ciudad. Es hora pico. La fluctuación, el pitido y el tránsito de vehículos está en pleno auge. Enfrente veo la Iglesia del sagrado corazón de Jesús y el Pueblito Paisa, mis últimas observaciones antes de ingresar a la Estación. Esta, se llena cada vez más y más de personas y tengo la premonición de que este puede ser el sitio predilecto para mi siguiente jugada.
Doy 5 pasos breves, lentos, hasta la línea amarilla que indica no pasar. Giro 180° para ver la expresión de todos los que me rodean, impolutos, desatentos, sumidos en un desconocimiento fatídico. Llevo una Magnúm. 44 que vi en la afamada película Taxi Driver, un bolso con un libro de tapa dura y un cortaviento de doble fax, que me ayuda a guardar cuatro paquetes de municiones y, aunque haya 2 agentes de policía vigilando desde la estafeta de Reglamentos que hay en la Estación, cargo el arma sin pudor, a la vista de todos los presentes distraídos, indiferentes pero sometidos a una esa ráfaga intermitente gestada en la mente de un joven fetichista.
Es la tercera vez que leo Satanás en el último mes, una novela de un autor bogotano y, completamente fascinado por el protagonista y eje central del libro un hombre llamado Campo Elías Delgado, decido hacerme con un arma para emular la Masacre de Pozzeto pero aquí, en Medellín, en el Metro.
En compañía de un amigo bajo cerca al Parque Berrío, por la Plaza Rojas Pinilla derecho a la Avenida de la Candelaria, donde se consigue desde rocas de perico y pepas de Rivotril hasta chalecos antibalas, armas de toda clase y prostitutas paisas y venezolanas desde 15 lucas el rato. Siempre hay desconfianza en estas zonas de tolerancia porque el pasar el efectivo el jíbaro te suele atracar con la misma arma que ibas comprarle. Pero esto no sucede. Pasan la suma divida entre ambos, por recelo y cautela frente a un hurto, ya que estas cuadras son de las peores ollas del Centro.
Fueron un millón seiscientos mil pesos por la Magnúm y los cuatro paquetes de municiones con 40 proyectiles. Para pasar inadvertidos y mezclarnos en el ambiente compramos par de polas que acompañamos con un cigarrillo y un blunt. En la mano del parcero rebosa un Pilsenón y en la mía una Gran Club Colombia.
Las polas y el cigarrillo se disipan rápidamente en el hígado y los pulmones creando una atmósfera espesa de nicotina y THC en ese pequeño establecimiento entre bar y prostíbulo. El blunt queda a medias. Bajamos por el Parque Bolívar que a esa hora solo se encuentra asediado por indigentes y atracadores. Seguimos derecho a la Avenida Oriental con dirección al Parque del Periodista, a rematar el blunt, a sentir el clima alternativo del sitio y, en la farmacia de la esquina terminar tomando el bus que nos deja en el parque del barrio.
Desde tu primer contacto con Campo Elías, con su reparo ante la dualidad del ser humano, su obsesión con la muerte, con la maldad y la antipatía sulfúrica que te resulta platónica y utópica e inviable por falta de medios, ahora puedes verla cometida más allá de tus fantasías. Llevo el revólver cargado con 8 balas en el tambor, guardada en el bolso. Los cuatro paquetes de municiones siguen presentes en mi buzo doble fax. En el bolso llevo una copia original de tapa dura del libro Satanás con cuantiosas notas y observaciones que hice acerca de la maldad este ex veterano de Vietnam.
Empiezo a palpar la Magnúm, a sentir la madera pulida y embalsamada; esta arma fue hecha para cazar animales salvajes en África, así que conseguirla en el Centro de la ciudad a un módico precio me pareció insólito. Empiezo a apuntar a desconocidos, vociferando: You talking to me? Igual que Robert de Niro en una de sus más famosas escenas. La meta es alcanzar la treintena de asesinatos, uno más que Campo Elías.
Emprendes la catástrofe y el primer impacto da de lleno en la cabeza de un joven, seguramente universitario. La pared de la Estación y las personas contiguas al maniquí con un gran boquete terminan manchadas de sangre, sesos y pequeños trozos de huesos craneales. La gente entra en confusión. Todos son gritos, alaridos, sonidos que reflejan el desespero y la angustia primitiva de un ser humano que pretende salvar su vida.
Cada bala sale después de otra y, el éxtasis llega a ser tan intenso, que no siento el retroceso del arma. El sonido de una alarma de emergencia resuena y mis próximos disparos van directo a la persona que se atrevió a activarla. Le descargo las 4 balas restantes en la espalda, sin desenfreno. Debo recargar el arma y saco un cartucho del buzo. Vuelvo a meter 8 balas dentro del tambor, con las manos temblando, tiritando pero con la emoción y el placer al borde del paroxismo.
Los dos policías intentan buscar armas de dotación pero sólo cuentan con unos bolillos y un par de esposas inútiles para someterme a mí, un tipo frenético y neurótico. Acabo con sus vidas aprisa, descargando nuevamente el tambor con unos disparos certeros, a pesar de que los tombos se encuentren del otro lado de las vías de la Estación.
El Metro se está acercando. Parece que ya ha finalizado su parada de en la Estación Suramericana y se dirige a Cisneros. Con la mayor fugacidad que he ejercido con mis manos, vuelvo a cargar los 8 proyectiles. Todavía hay personas desesperadas, invadidas por el miedo, pasmadas sin saber qué hacer. Muchas otras corren hacia las escaleras de salida pero estas estatuas inmersas en la quietud resultan siendo un tiro al blanco fijo, que van cayendo una tras otra sin piedad, quizá, abstraídas en la anormalidad de la situación, en lo fugaz y en lo atroz, transcurrido en la brevedad de unos segundos. Podrías comparar lo que ves con la obra del Último día en Pompeya, de Karl Bryullov, pero, con todo respeto, se quedaría corta. Debo cerrar mi obra, saco rápidamente el libro que llevo en el bolso, lo dejo en la línea amarilla como una especie de firma y, cuando es imposible que el tren detenga su marcha, sin mayor reparo, salto a las vías.
La función culmina con un cuerpo diseccionado por la bestial maquinaria que se encarga de mover a la ciudad; con 12 personas muertas; un sinnúmero de heridos y, esencialmente, con la vida de un joven conducida a la ruina por la devoción obsesiva hacia un magnicidio delirante que hizo sublevar los mismos infiernos de Dante a este Pandemónium llamado Medellín.
