La atroz carnicería.

 


1. Razón extraviada.

De noche, una prostituta toxicómana camina por las calles ofreciendo sus servicios. Saca su artesanal pipa de bazuco de una pequeña cartera que compró cerca de la estación Prado. Se da un pipazo y camina, en medio de su hipnosis paranoica, a comprar un cigarrillo dentro de un establecimiento nocturno.

Son cerca de las 2 de la mañana.
Se encuentra cerca de la Universidad de Antioquia y la Avenida Regional, más precisamente por una zona de bares llamada La Curva. Se desplaza despreocupada hasta que la luz de un auto, un Mazda, le da de lleno y pita.

El sujeto baja la ventanilla y le pregunta de sopetón:
-¿A cuánto el rato, amor?
Lo miras. El tipo se ve arreglado, guapo, y en el tono de su voz no percibes exigencias, inclusive sientes como te enciende con una especie de picardía.
Sí, son los ojos del tipo.

Le respondes:
-15 minutos 20 mil, y media hora 60, amor.
El tipo no responde y te abre la puerta del copiloto. Con su mirada, con esos mismos ojos, te insinúa que te subas inmediatamente y se la chupes.
Subes y él mismo procede a cerrar la puerta,  te toma con fuerza del cabello pero sin esa dureza severa y sin darte cuenta ya le estás practicando sexo oral; todo va subiendo de intensidad a pesar de que el acuerdo de miradas, en principio, era solo de una mamada.

Empiezas a besarlo con auténtica locura, como si un desespero irrefrenable hiciera mella dentro en tu libido. Lo besas en el cuello, en la nuca. Bajas a su pecho, le muerdes los pezones y sueltas pequeños suspiros cerca de su oído.
Tus ansias crecen, tu deseo está al borde del paroxismo.
Y en el afán de querer sentirlo, te mueves al asiento del conductor, trepándote encima del tipo. Como la buena puta que eres, y a pesar del frío que ofrece Medellín en sus noches, no llevas ropa interior.
Lo metes. Subes, bajas, vas creando un ritmo y una fricción con tus caderas. De fondo, en la radio, empieza una canción de Eminem titulada «Puke». El cliente empieza a exaltarse, los gemidos retumban dentro del auto y te susurra suavemente que esa es su canción favorita.

El ambiente cambia de golpe, y el tipo te sujeta fuertemente del cuello, toma el control y ahora es él quien se encuentra arriba. Entorna tu cuello con ambas manos, y presiona tan fuerte que sientes que sus dedos se van a clavar en tus arterias.
Todo adquiere una tonalidad opaca, sombría. Tus párpados empiezan a ceder y quedas a merced de cualquier fetichismo o acto perverso de ese sujeto desconocido.


2. Indicios del debacle.


Acabas de discutir con tu pareja. Las palabras resultaron más hirientes que la última vez. Ahora, envuelto por el odio que nubla y atropella tu razón, la dejas que siga extasiada y ofuscada por los gritos.

Su reclamo parte de la premisa de haber encontrado cabellos, marcas de labial y un leve olor a un perfume que no son suyos, clavados en tu ropa. Además de sangre.
No das ninguna explicación, tomas las llaves del auto, cierras la puerta con severidad y empiezas tu fuga para serenar la rabia.

Es tarde y solo piensas en desquitar ese cúmulo de enojo con un buen polvo. Vas camino al epicentro de la prostitución, El Raudal, cerca del parque Berrío en el centro de la ciudad.
Cuando estabas tomando camino alrededor de la  Universidad de Antioquia, próxima a la estación de Metroplus, ves una chica caminando sola. Un súbito destello se enciende dentro de tu cabeza. Tomas dirección a ella, pitas y estando a su lado bajas la ventanilla, y preguntas sin ningún miramiento:

-¿A cuánto el rato, amor?
-15 minutos 20 mil, y media hora 60, amor. -contesta la chica.
Dejas caer tus ojos sobre los suyos, que se encuentran con las pupilas dilatadas por las incontables dosis de bazuco.
Abres la puerta, ella sube de inmediato mientras la tomas del pelo y bajas su cabeza directamente a tu entrepierna.
La tienes ahí, sumisa, arrecha.
Ella te empieza a besar locamente y te das cuenta que está buscando más, que quiere más.
Ella se levanta del asiento del copiloto y se trepa encima de ti. Te lo saca sutilmente del pantalón y lo introduce en su cálida estreches. Empieza a realizar un intermitente movimiento de caderas hasta que tú paras un momento, para aumentar el volumen de la radio. Eso la confunde un poco, al parecer también le gusta Eminem, pero no conoce la canción que está sonando.

Las primeras tonadas del tema hacen que pierdas la excitación. Hacen que recuerdes la discusión que tuviste con tu pareja.
Ahora mismo eres más cólera que deseo, y estás solo, con un chica desconocida que a nadie le importaría si le llegase a pasar algo.
No lo piensas mucho y decides tomarla  de la cintura, la pones en el asiento del conductor e empiezas a darle pequeños besos en el vientre para aumenten sus suspiros entrecortados, vas bajando hasta que no logras contenerte y le clavas ambas manos, firmes, en el cuello.
Aprietas con toda tu fuerza, notas como tus uñas empiezan a hundirse en su piel aterciopelada. Su cara empieza a estar amoratada, pequeños espasmos no logran hacer que la sueltes y percibes como sus ojos ceden hasta perder conciencia de lo mundano.
La chica está muerta. Tienes un cuerpo a tu merced.
Bajas del auto. Hay que desaparecer la evidencia y justo en tu cajuela, llevas un hacha.
Sientes las palpitaciones estallando en tu sien y una ligera sudoración. No hay excusas, qué empiece la carnicería.


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Punto de partida.

1. No es tu primera víctima.
Memorias de asesinatos, vampirismo

3. Panteón latente.
Descuido y pistas
Cierre y muestra al público del asesino.


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