Abatido.
No me gusta reconocer que no me siento bien. Tengo mis días, mis horas. A veces solo hace falta lo más mínimo y termino hundido, llorando, descargando municiones de traumas y nostalgias en mi cabeza.
No entiendo por qué hay cosas que me siguen rompiendo por dentro y no se suturan; recuerdos que no me dejan avanzar, que me hacen sentir tan frágil y logran que nada sea capaz de evadirme.
Cada vez se me hace más frecuente la idea de que es absurdo cuidar mis emociones, porque siempre voy a sentirme mal; que debo empezar a encontrar dulzura en mis lágrimas, porque el llanto es lo único que me acompaña cuando me siento verdaderamente solo, y, que en realidad, no existen los refugios si no los límites, y empiezo a darme cuenta que estoy próximo al mío.
