Destinado al extravío (Inconcluso)
1) REVIVIENDO PARAJES.
I
Me arrodillo en mi cuarto, solo, apoyándome al borde de la cama con mis ojos empañados de lágrimas. Unos ojos desbordados, rojos y que exponen un basto dolor. La cuestión, acarreó desde hace años un padecimiento; ya saben, uno de esos crónicos y terminales, pero a su vez, complementarios y demandados en la bohemia; pero yo no soy ningún bohemio, soy más bien del común. Y es que la soledad, pesada como los prejuicios lanzados con odio, no es fácil de sobrellevarla, y menos para mí, que en su tiempo me creía inmune, indiferente a todo desgarro del alma.
No pensaba en el sufrir, ni siquiera concebía el sufrir en mi día a día. Pero vaya, nuestra dosis de dolor, que considero justa, necesaria y acarreada por nuestro propio fatum, llegó. Me abofeteó, y me agarró mal parado.
Justo antes de caer rendido ante mis pensamientos, mis preocupaciones eran más la del mes a mes; como les dije, por ahora, soy alguien del común. Me cuesta valorar, apreciar y hasta degustar el arte. Que sí, que nos complementa el alma, y muchas felaciones más, pero a mí me cuesta. Por eso, nunca comprendí a los poetas ni a los pintores, que a día de hoy considero, en mi más justo juicio, oficios absurdos que la gente se encarga de vanagloriar estúpidamente. En cambio, yo, sigo sin hallarles el sentido.
II
Cada mes mi ansiedad aumentaba. La necesidad que creaba al querer expandir y aumentar ceros en la cuenta bancaria me empezaba a corroer mentalmente. Nunca me había faltado ni sobrado nada en la vida, pero quiero llegar a tener una vejez digna, alejada de un centro geriátrico y de enfermeras de las cuales dependeré, hasta para comer y cagar. Soy pudoroso y prefiero disfrutar de mis últimos años, cómodo, en una cuneta o casa modesta, a que en uno de esos lugares, siendo sumamente sincero.
La última temporada he trabajado de comerciante y en algunas fábricas, pero he tenido diversas labores. Me adapto fácil. Soy un itinerante en eso de los oficios. Lo cual, me podría ayuda notoriamente en las relaciones sociales. Pero sin más, soy un desadaptado. No consolido esas relaciones, esas amistades. Siempre que puedo prefiero llenar los espacios huecos con mi mutismo sepulcral. Aborrezco y evito intercambiar, casi obligadamente, palabras con alguien más que me da completamente igual su postura general, reflexiva, ideológica, y hasta desdeñando más en mi propia antipatía, su existencia misma.
III
Mi nombre es Marco, aunque en el ámbito laboral al parecer, tu nombre es ignorado, exento, y simplifican tu presencia, sencillamente, llamándote por tu apellido. En mi caso, señor Bonnett. Tengo 27 años, la edad predilecta para fallecer, según la historia misma de un par de grandísimas estrellas del rock. Pero no para llamarme señor. Me pesan esas palabras, siento que agudizan el paso de los años que acarreó en esta ciudad sin compañía, nublado y denotando más la pérdida de mi cordura.
Nací en el noroccidente Antioqueño, cerca de la costa, en el seno de una familia desestructurada. Donde se buscaba forjar el carácter por medio de las ofensas, el desprecio y el dolor. Desde que en mi conciencia corre la cinta de los recuerdos, las primeras escenas del filme muestran a un niño, muy chico, tímido y extremadamente retraído con los demás (visto desde ojos ajenos).
La violencia intrafamiliar fue, en principio, un estado permanente en mi hogar. Mi padre era infiel, un poco alcohólico pero no empedernido, aunque, eso sí, bastante ausente. Tengo vagos recuerdos de él. Inclusive, haciendo memoria y forzándola a llegar hasta parajes recónditos, no logro si quiera ver la silueta de su rostro. Lo poco que llego a recordar son las discusiones que él tenía con mi madre. Nunca lo ví violentarla, pero las discusiones e insultos eran lo más frecuente. Él se fue. Solo supe que siguió teniendo hijos con distintas mujeres, al parecer la infidelidad era su vicio. Mas nunca volvimos a vernos, hasta hablar por llamada lo pasó por alto, ni siquiera lo concibió en su egoísmo.
Nunca tuve una figura paterna, un modelo masculino al cual divisar y ver como ejemplo, como una senda de desarrollo moral. A cambio, la crianza con mi madre fue estable, bonita podría decir, con ella si guardo buenos recuerdos. Ojalá pudiera hacerlos más presentes. Pero no; siempre los pierdo, obnubilado por las preocupaciones y los incipientes deseos oscuros.
Aunque no siempre es así, a veces llegan a mí imágenes de ella, conmigo, en bibliotecas públicas leyendo cuentos o comics infantiles y satíricos. Al parecer, ese es mi único manto. De resto, en el porvenir de mis días solo me veo cayendo a un pozo, bastante profundo, que podría marcar una linea divisoria en mi miserable vida.
2) CORRESPONDENCIAS DEL PANTEÓN.
I
Tengo que madrugar a las 4:30 de la mañana para ir a trabajar, a la fábrica. En mi carnet dice, Marco Bonnett; encargado de la sección de Almacenamiento y Depósito. Y es lo que debo enseñar al guarda de seguridad para poder entrar al establecimiento, tomar mi uniforme y empezar a laburar. Aunque de eso, poco últimamente. Notamos como la producción ha disminuído, el jefe nos ha hablado de recortar sueldos o personal. Hay cierta angustia dentro del círculo de empleados. A mí, ciertamente, me da un poco igual. Tampoco quiero trabajar de esto el tiempo que me quede, ni jubilarme aquí. Ni más faltaba. Me gusta el continúo tránsito, esa itinerancia laboral.
Con el resto del personal ni un modesto saludo cruzo. Paso de ellos. Solo voy a lo mío, y a lo que verdaderamente se debe ir a un empleo: a trabajar y a facturar. Pero, como en este momento, el puesto no es fijo tampoco me esfuerzo mucho, aunque noto algo, aún no despiden a nadie y los sueldos nos llegan completos y a tiempo.
II
No lo habíamos pensado tan seriamente, pero al cabo de unos meses la fábrica cayó en bancarrota. El jefe en algún intento emocional, creyó que el establecimiento podría tener una redención y volver a aumentar sus ingresos y no recortar personal; el hombre, tenía una relación estrecha y de años con algunos empleados. No quería despedirlos, y lo entiendo. Vaya encrucijada. Al final, dejó nublar su razón. Su estabilidad económica también la dejó de lado para conservar a sus cercanos. Eso no lo convirtió en ningún mártir. No hizo más que dejarnos a todos la deriva y sin empleo. A mí me llamó a su despacho y me lo informó, con mucho pragmatismo; de la siguiente manera:
-Qué gusto verlo, tome asiento, señor Bonnett. -enunció el jefe nada mas crucé la puerta de su despacho.
-Buenos días señor González -respondí con solemnidad, pero falsamente, como si me viese obligado a estar ahí. Ciertamente estaba obligado a estar ahí- ¿Qué desea informarme?
-Bueno, señor Bonnett, tengo que hablarle con mucho aplomo y seriedad.
-Está bien, lo escucho, jefe -esbocé, mientras lo miraba con cierta incertidumbre.
-La empresa se encuentra en este momento en números rojos. Es insostenible seguir laburando, me he visto obligado a recortar, definitivamente a cero, todo el personal. La fábrica cierra.
Pensé que era una broma, no lo iba a tomar en serio. ¿Así, de un día para otro, cómo se viene abajo una empresa y despide a todo su personal? El señor González se levantó de su asiento y concluyó tendiéndome la mano:
-Gracias por trabajar aquí, se valora todo el tiempo que estuvo y lo mucho que aportó señor Bonnett. Mañana puede venir por su liquidación.
Yo no podría creerlo, el viejo decrépito hablaba en serio. Pero no podía ignorar su cinismo: “se valora todo el tiempo que estuvo y lo mucho que aportó”. Me dieron ganas de vomitar. Siempre hice poco, lo mínimo, nada más para que vieran que estaba ahí y algo hacía. Esa era la verdad. Pero al escuchar lo que dijo el señor González solo pude pensar que le había dicho lo mismo a todos y cada uno de los que conformabamos, ya, el extinto personal de la fábrica.
-Vendré por ella a la hora habitual de entrada -añadí-. Pero, señor González ¿en que momento empezaron a venirse abajo los ingresos de la fábrica? ¿Por qué no nos informó o recortó personal? -preguntas, más por curiosidad que por la preocupación de perder el empleo.
El jefe te explica esa basura emocional de conservar a los suyos, a los de siempre, en los que confiaba plenamente. Te enervas de rabia. Sales del despacho sin añadir ninguna palabra a la explicación del señor González. Al estar en la calle solo piensas: qué idiota, otro más que se dejó llevar por lo que siente y la vida le escupió en la cara. Menudo imbécil.
III
Tomas un autobús para dirigirte a casa, pero antes, vas a por una botella de whisky que planeas tomarte, para celebrar no sabes muy bien qué. Apenas traspasas el umbral, abres, afanosamente la botella en la cocina mientras te sientas en el comedor y bebes grandes tragos de ella, como un náufrago que ha estado varios días sin reservas de agua. Al cabo de unos minutos el alcohol empieza a hacer efecto, sientes tu estómago quemándose por el whisky. Te levantas del asiento, tambaleando y buscas tu cama para descansar.
Con tu realidad girando vertiginosamente, como un torbellino, logras, sin saber cómo, llegar a tu catre. Pasadas unas horas, despiertas, con una fuerte resaca y aguardas ahí, tirado en tu cama, mirando el techo, esperando el final de la eternidad. Intentando hasta olvidar tu nombre. Sientes que tu corazón supura veneno y dolor. Piensas que has recopilado muchos remordimientos. El tiempo se acaba. Las pesadillas se hacen realidad y harás brillar la oscuridad al calor de las llamas.
3) LINEAS DIVISORIAS.
I
Han pasado unas semanas y has estado gastando tus ahorros y tu liquidación, mayormente, en alcohol. Tu habitación, que ya parece una gruta, una cueva inhabitable, solo muestra vestigios de que allí hubo vida por la gran cantidad de botellas de whisky, ginebra y aguardiente que se encuentran repartidas por el suelo. Si detallas con minuciosidad puedes ver como cada botella es peor que la otra. Al principio, teniendo una cantidad moderada de dinero comprabas botellas caras. Luego, al verse rebajados mis ahorros solo compraba el alcohol más barato, el más dañino. Y poco te importa, porque ahora mismo estás disfrutando del deleite de desconocerte.
A veces te ataca la noche en callejuelas sucias, repletas de toxicómanos o alcohólicos empedernidos que beben botellas de alcohol antiséptico. En otras ocasiones, te invade en pequeños parques, con tu botella bajo el brazo, mientras buscas una banca para poder dormir en medio de tu descontrolada y aguda ebriedad.
II
Al llegar, si es que llegas, a casa, la propietaria, doña Inés, te mira con preocupación. Ya ha intentado conversar contigo en un par de ocasiones, forzándote a tener cargos de conciencia, tomándote de las solapas y diciendo de la forma más directa que aún estás a tiempo de no perderte. Eres oídos sordos. Las palabras de la casera, para ti, no son más que articulaciones de sílabas y consonantes que no llegan a nada. Sonidos que invaden el silencio que tanto te gusta habitar.
Otra semana se suma a tu itinerancia, y sigues bebiendo como loco, de forma impulsiva. La casera adaptó los discursos y sermones en su rutina diaria y gusta soltarlos cuando las presencias de ambos se ven obligadas a interactuar.
Entras a tu habitación, que ya parece deshabitada y justo frente a la puerta, lanzados por debajo, encuentras un par de notas con nombres y números de clínica de desintoxicación. Claramente fue doña Inés. ¿Qué le importa a ella la forma en que yo guste sortear mi vida? Realmente te estás empezando a hartar.
Eres consciente de que físicamente te ves deplorable, tienes una desaliñada barba de unas semanas, no te has cortado el cabello ni las uñas, y tus pupilas, que se supone deben brillar, se han convertido en agujeros negros. Luces como un vagabundo que empieza a convertir en basura cada parte de su memoria.
III
Se te ha acabado la botella de whisky barato que compraste en la mañana. Ya no tiene sentido seguir caminando si no tienes bebida, así que te diriges a la pensión. En el porche no estaba doña Inés, así que te ahorras su palabrerío. Subes rápido la escalera, giras a la derecha y entras a tu habitación.
Inadvertidamente pasas al lado del espejo y te asustas con su reflejo. No te distingues a ti mismo y eso genera un paulatino dolor, que se agrava hasta desarmarte el alma. Buscas desesperado algo para beber, para destilar ese dolor y desglosarlo por unas horas. No encuentras nada. Quedan restos de alcohol en algunas de las botellas que se encuentran en la habitación. Un cuarto de Ginebra aquí, dos tragos de whisky acá, cuatro de vodka por allá, y te los acabas en nada. La embriaguez se agudiza rápidamente. Te levantas del suelo y te empiezas a tropezar con todo: mesas, sillas y cualquier tipo de utensilios de cocina. Formas un verdadero escándalo. Escuchas que alguien toca fuertemente la puerta. La abres y te encuentras con doña Inés; su cara denota cólera y se dirige a ti con rabia:
-Oiga, Marco, ¿qué es ese escándalo, qué sucede?
Supones que doña Inés creía que estabas destrozando el inmueble.
-¿Está usted loco o qué le pasa? -añadió la anciana-. Además, apesta a alcohol. ¿No ha leído ninguna de las cartas que le mandé con números y direcciones de clínicas de desintoxicación?
La mirás, directo a los ojos, con desprecio y le respondes con palabras muy secas:
-No, no lo he hecho y realmente no me interesa. Déjeme en paz, yo cumplo con mi pago mensual. Soy un inquilino legal y creo que dentro de las pocas condiciones que podría exigir le pediría que deje de meterse en lo que no le interesa, doña Inés. Me aburren sus sermones de parroquia.
Los ojos de la anciana arden y supuran ácido. Agregó:
-Justo venía a hablarle de eso. Quisiera que usted, por voluntad propia, rescida del contrato y por favor se vaya de la pensión. No quiero destrozos, y mucho menos alcohólicos que no son conscientes de su grave problema. Es usted un individuo peligroso para la integridad de cualquier persona.
En ese momento, un súbito destello de impotencia te inunda la conciencia. Segundos después, es rabia descontrolada. Doña Inés sigue ahí, y añade:
-Oiga, estoy hablando con usted, no con las parede...
No alcanza a terminar la frase cuando la tomas de las solapas; la obligas, con un fuerte empujón a entrar a la habitación y cierras la puerta. Palpas tu bolsillo trasero, donde siempre guardas una navaja y la abres mecánicamente, propinándole incontables cortes profundos a la anciana en el pecho, vientre y esternón. La sangre tiñe de rojo el piso de madera y la habitación se inunda de un olor a hierro y metal. Intentas amordazar de alguna forma a la anciana, pero se te hace imposible. Ella alcanza a lanzar un par de gritos desesperados hasta que su voz se apaga y sus ojos quedan inertes, suspendidos, adquierendo la virtud de ver más allá de lo mundano.
Sales corriendo de la habitación, no sin antes, habiéndola cerrado con seguro. Los otros inquilinos pudieron escuchar claramente esos gritos y llamar a la policía. Doblas el pasillo, bajas las escaleras y te encuentras de nuevo en las calles. ¿Hacía dónde emprender la huida? Corres por inercia, hasta llegar a un parque que se encontraba solo, contiguo a un río. Notas tu pantalón tensionado, y sí, evidentemente, tienes una erección. Hubo algo en ese súbito destello de ira y muerte que te excitó. El fallecimiento del Eros y la sobreposición tiránica del Tánatos. El sinsentido en el afecto y el encuentro del placer en medio del dolor causado. Miras alrededor, y confirmas que el parque se encuentra solo y empiezas a masturbarte con desesperación. Necesitas acabar.
Allá, a lo lejos, escuchas unas sirenas de policía, divisas varias patrullas que van en directo a la pensión. Te invade el miedo. Rápido te subes la cremallera, te abotonas el andrajoso pantalón y caminas, con la cabeza gacha y en dirección contraria. Sin un rumbo predilecto, pero con sed de volver a quitarle la vida a alguien con tus propias manos.
4) EL TÚNEL.
I
¿La muerte como motor de vida? Matar te hizo sentir vivo. Antes solo te alcoholizabas para romper las normas herméticas de una sobriedad melancólica; sin embargo, como Jean Bauptiste, de la novela de Patrick Süskind, los olores te encienden. ¡Oh, el vaho de la muerte me embriaga más que cualquier botella de whisky!
Ya no volverás a la pensión, eso lo tienes claro, y comienzas la empresa de caminar; caminar hasta lo incansable, por callejuelas, ollas de expendio y consumo de drogas y burdeles. Esas zonas de tolerancia que cualquier transeúnte evita; tú, Marco, las buscas con afán. Son cerca de las 6:30 de la tarde, han transcurrido cerca de 6 horas desde el asesinato de Doña Inés; cerca de 6 horas sin tomar una gota de alcohol. Y la abstinencia empieza.
Para tu suerte, esperas a la salida de un burdel a que salga algún cliente, lo suficientemente ebrio, para poder robarlo. ¡Voila! Sin haber esperado más de 20 minutos sale un tipo alto, delgado y con sus ojos desorbitados por el alcohol. Lo tomás de la mano, diciendo que le ayudarás a tomar un taxi y el hombre se presta a tu buena acción. Pero, evidentemente, ese no es plan que fraguas en tu cabeza. Lo diriges rápidamente a un callejón; lo tomas de las solapas y le das un fuerte puñetazo, directo a la sien. El tipo, de por sí con dificultades para mantenerse de pie por la embriaguez, cae al suelo. Probablemente le ocasioneste una contusión.
Rápido le dejas vaciados los bolsillos. Entras al primer establecimiento nocturno, que marca en la fachada: CONEJITAS GRILL, con letras fluorescentes, bastante llamativas. Pides una botella de whisky y el servicio de una de las señoritas que deambulan, insinuantes, de un lado al otro del establecimiento. En estos lugares se respira una atmósfera bonachona, donde todo el mundo quiere recibir amor o placer sin la tortura de involucrar un sentimiento de por medio. Inmediatamente te has dado cuenta de que este es tu sitio.
II
Ideas...
¿Marco asesino en serie de prostitutas?
Entrega total y gusto absurdo por la prostitución, adquiriendo una enfermedad de transmisión sexual que desquita con más asesinatos
Andrei chikatilo de referencia, excitación en la penetración por medio de un cuchillo
