Pandemónium.
Transito en medio de este caos, oscilando su podredumbre. Mirando con desconfianza cada esquina, lleno de rigor. Activando un sexto sentido, alterando mi recelo en medio de callejuelas turbias.
El lugar está repleto de yonquis, con sus artesanales pipas de bazuco en la mano, observando cuál transeúnte puede ir distraído para intentar asaltarlo y, así, poder sustentar su dosis diaria. Aceleras el paso y finjes tener un carácter que, bien sabes, no posees. Todo esto sumado a la determinación suicida de no parar, porque si lo haces, estos desarapados se van percatar gracias al instinto animal que les ha brindado la calle e irán tras de ti, queriéndote robar hasta la vida si pueden.
Logras girar rápidamente hacia la izquierda, buscando abandonar esos callejones como un recluso que cruza los barrotes de su celda queriendo, afanosamente, estar de nuevo en libertad. Por suerte, no pasa nada y adquieres un ápice de tranquilidad. En la nueva calle, ya más amplia pero igual de inmunda, ves un pequeño grupo de punkies chupando gale, formando pogos, mientras arde una hoguera en medio de ellos y sus canciones favoritas suenan de fondo en una vieja radio. Lo raro de todo esto, lo más particular, es que no te sientes inseguro con ellos. Ese día decidiste llevarte puesta una camiseta de un grupo de Punk español llamado Eskorbuto y, quizá eso, es lo que te da confianza porque terminas recibiendo saludos y cruzando buenas palabras con ese reducido grupo de toxicómanos del centro de la ciudad.
Esto sería una escena fuera de lo normal en cualquier Metropolis del primer mundo. Pero aquí, en Medellín, es un estado permanente. Es lo que se vive, segundo a segundo, en esta atmósfera malsana y putrefacta, donde habitamos arropados en medio de los vicios. En esta ciudad, poli estacional, donde la sobriedad llega a convertirse en un privilegio.
Consigues salir de ese sitio, de esa especie de olla que tan solo eran dos calles. Todo lo acontecido, por más fugaz que fuese, te deja mal cuerpo y no menguas el paso hasta llegar a la Avenida Oriental, que estaba próxima a una calle. Una calle llena de chatarrerías y jíbaros, para que los indigentes puedan vender su reciclaje, y ahí mismo, comprar su droga predilecta.
En el momento exacto que logras ver a gente “normal” exhalas fuertemente, te sientes protegido. Sientes paz. Aunque, en la mayoría de los casos, los que han resultado causándote más daño, tanto físico como interno, son estos “Los normales”, no los adictos a esnifar cocaína, fumadores empedernidos de bazuco o los que solo viven para chutarse heroína. Ellos están sumidos en su mundo de adicción, no buscan quebrarte las emociones. No son tan perversos después de todo, y eso no deja de resultarte paradójico. Pero esto último no lo razonas tanto en el momento y solo te sientes tranquilo al ver que tu integridad física sigue intacta.
Lo único que te invade la es la constante reiteración en tu cabeza del deplorable estado en el que se encontraban esos yonquis; en medio de las inmundicias y al asecho del primer desprevenido. Logras ser concientes de que Medellín es un pandemónium, una capital de los infiernos, pero a diferencia de la creada por Dante, esta es palpable y transitada. Aquí habitamos y procreamos el caos. Somos unos sinvergüenzas que por medio de este vaivén agónico afirmamos nuestra cultura de las calles.
