Pandemónium.
Transito en medio de este caos, oscilando su podredumbre. Mirando con desconfianza cada esquina, lleno de rigor. Activando un sexto sentido, alterando mi recelo en medio de callejuelas turbias. El lugar está repleto de yonquis, con sus artesanales pipas de bazuco en la mano, observando cuál transeúnte puede ir distraído para intentar asaltarlo y, así, poder sustentar su dosis diaria. Aceleras el paso y finjes tener un carácter que, bien sabes, no posees. Todo esto sumado a la determinación suicida de no parar, porque si lo haces, estos desarapados se van percatar gracias al instinto animal que les ha brindado la calle e irán tras de ti, queriéndote robar hasta la vida si pueden. Logras girar rápidamente hacia la izquierda, buscando abandonar esos callejones como un recluso que cruza los barrotes de su celda queriendo, afanosamente, estar de nuevo en libertad. Por suerte, no pasa nada y adquieres un ápice de tranquilidad. En la nueva calle, ya más amplia pero igual de inmunda, ves un ...