Absorta culpabilidad.

Llena de melancolía. Adquiriendo un descontrol total de sus impulsos. Dándose cuenta, nuevamente, de su absoluta miseria emocional; irrumpiendo en un horrible llanto que la desgarra fuertemente. Mostrando, de esta forma, todo el dolor que la consume; mientras, a su vez, sigue con su mirada fija y bien puesta en la fuente de su tormento. Sin apartarla, ni un segundo, del espejo que tiene en frente.
Grandes lágrimas brotan de sus ojos, y van marcando un camino trémulo en sus mejillas, llegando a inundar con su tristeza todo lo que esté cercano a ella: sean personas o paredes. Sí, paredes, que llegan a ser concientes de la gran pesadez de sus lágrimas y sus tormentos más crónicos. Sin embargo, confía en las paredes, ellas la escuchan, le brindan un bien escaso: ser escuchado en silencio.
Ahora se dirige a su habitación, a sus 4 paredes habituales. Se sirve un trago de vino para entrar en calor, y enciende un cigarrillo. Las paredes y los vicios resultan ser la única compañía que tolera, así no se siente en absoluta soledad.
Su rubia cabellera se ve revuelta por un fuerte viento que se cuela por la pequeña ventana de la habitación; pero sin más, ella se queda absorta en sus pensamientos, mientras se recuesta sobre el alféizar. Solo es capaz de vivir tranquila ahí, en sus ensoñaciones, dando unas caladas y exhalando el humo con lentitud, sin prisa.
Quedándose ahí, completamente ida. Involuntariamente deja de fumar de su cigarro y la copa se le cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos, sacándola de golpe de ese universo interno donde por unos instantes se encontró tan maravillada, tan tranquila. De ese universo, donde, sin darse cuenta, el viento le arrancaba, de sus pestañas negras, cada una de sus lágrimas.