El desvelo.
A menudo, en las madrugadas, me gusta acariciar los rasgos faciales del silencio, que a estas horas, suelen ser bastantes tangibles y notorios. En las últimas noches solo he estado notando, en sus facciones, desgarramiento y crispación. Naturalmente, esto me ha generado desconcierto y, queriendo dar con sus causas, no pude concebir mejor idea que la de interrogar al silencio; dándome cuenta, muy pronto, de lo imbécil de mis acciones; pues, es evidente que no obtendré objeciones provenientes de mis propios monólogos, ni mucho menos objeciones de las ocurrencias de las cuales estoy siendo mi propio complice. “Todo esto no es nada más que una idea producto de mi infinita inconsciencia” Es lo que me repito, mientras busco comodidad en mi almohada y me obligo a cerrar los ojos. Aplazando, para otra noche, el deleite de acariciar al silencio sin trastornarme en lo más mínimo... Vaya complicación.